Mostrando entradas con la etiqueta writings. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta writings. Mostrar todas las entradas

internet en la cabeza

En un documental reciente de la BBC, comentaban los altos índices de adicción a internet de los adolescentes en Corea del Sur (el país más cableado del mundo). Imagina chicos que pasan más de 11 horas diarias frente a la pantalla del ordenador y, básicamente, si no tienen conexión a internet se sienten impotentes y alienados y sufren ataques de pánico.

Yo no quiero ni pensar cuántas horas (principalmente por motivos de trabajo) me paso delante del ordenador. Pero confieso que hace poco encontré una justificación a mi memoria de pez (sí, soy una chica un tanto olvidadiza) que me dio un poco de miedo a mí misma. El argumento fue: "¿Para qué quiero acordarme de (intentando dar con el título de un libro que había leído recientemente) los detalles si puedo buscarlos en internet?". Sí, señores, internet se había convertido en mi medio cerebro; un cerebro universal e infinito -aunque no siempre fiable. Me di cuenta que pensar o mantener una conversación sin él era en muchas situaciones como andar con una sola pierna. Horror.

Internet está modificando nuestra manera de pasar el tiempo libre (antes lo dividíamos entre la tele, los juegos, el cine, la lectura, los amigos, el sexo -ahora lo puedes encontrar todo frente a una única pantalla). Está cambiando nuestra manera de relacionarnos con otra gente (hace poco un amigo que pasa muchas horas en internet me sugirió que la mejor forma de solucionar unos pequeños problemillas de convivencia con una compañera de piso también muy metida en la red era enviarle un email -hablar cara a cara se ve que es demasiado intrusivo). Está alterando también nuestro vocabulario (¿estarán los de la Real Academia planteándose aceptar el verbo 'googlear'?). Y además, investigaciones científicas han ya más que probado que -aunque nuestro cerebro viene en parte genéticamente diseñado (sí, parcialmente tu destino, tus puntos fuertes y tus puntos débiles, están escritos en tu cabecita)- el cerebro humano tiene una capacidad inimaginable y constante de adaptación. Hasta los doce meses de vida somos moldeables como la plastilina, luego ésta se va secando y nos cuesta más, pero aún así la fisionomía de nuestro cerebro es por naturaleza dúctil. Así que, aunque de forma menos obvia, internet está probablemente también cambiando la forma de nuestros cerebros y, con ello, nuestra manera de pensar y de ver el mundo.

Muchos psicólogos están ya estudiando sus efectos en la generación de nuestros hermanos pequeños, renacuajos que han nacido con un ratón en la mano y que quizás algún enteradillo etiquetará dentro de unos años como los primeros 'homo ciberneticus'. ¿Qué visión de la realidad pueden tener unos niños que han crecido frente a un mundo virtual, donde casi ninguna acción tiene una consecuencia "real"?

Aunque quizá nada de esto sea malo. Quizá lo del cerebro universal sea una buena idea. Palmaditas para que llore, cortar cordón umbilical, aplicar conexión de internet en cerebro. ¿Serán así los partos del futuro?

el arte de decir basta

Basta. ¿Basta qué? Basta café. Basta cigarrillos. Basta coca-cola. Basta twitter. Basta ropa-capricho. Basta noticias basura. Basta verduras plastificadas y comidas preparadas.

Suficiente. ¿Suficiente qué? Suficiente dinero. Suficiente trabajo. Suficiente ropa. Suficiente comida. Suficiente tecnología. Suficiente información. Suficientes conocidos para llenar tu lista de contactos.

¿Pero cuándo suficiente es suficiente? ¿Cuándo más aporta menos, respecto al esfuerzo (económico, de tiempo, de energía) que supone?

"El arte de decir que no de forma natural", decía Fangoria. Yo digo que en esta sociedad ultraconsumista donde siempre hay más, donde nada es suficiente, donde bueno puede ser siempre mejor, el secreto de la felicidad es practicar el arte de decir basta, tengo suficiente. 'Enough is enough'.

PD: inspiración via John Naish, y su libro "Enough".

londres condensado II

Hoy he visto a la mujer con la nariz más larga del mundo. Me ha preguntado qué me parecía y yo, con educación inglesa, le he dicho que “Nice”. Porque aquí todo es 'nice', menos el tiempo, que 'sucks'. Estaba yo caminando por la calle. Y llovía. Tantos días de lluvia te hacen apreciar más los días de sol. Aunque en Londres ahora llueve, ahora graniza; nunca se sabe. El tiempo es imprevisible y por eso las inglesas tienen tan mal gusto vistiendo. ¿Si no, por qué llevarían botas de piel hasta las rodillas sin medias? Pobres, es que tienen que estar preparadas para todo y por eso terminan hechas un popurrí, muchas veces procedente de tiendas vintage de estas donde tendrás que comprarte un abrigo de piel este invierno si quieres ser cool (suponiendo que ya tengas la cinta esa puesta en la frente, rollo indio). Probándome uno de esos abrigos, me he preguntado a quién debía pertenecer antes. Ese, y el resto. He tratado de imaginarme a las mujeres, ahora probablemente muertas, que habitaban esos abrigos (¿les gustarían sus nuevas y 'trendy' dueñas?). Y no he podido evitar reír. Londres tiene muchas cosas que me hacen reír: bebidas de todos los colores y sabores, un curso de yoga mensual por sólo 12 libras o diez alitas de pollo por una (cuando un viaje en el metro vale cuatro), borrachos a las 9am cantando el 'national anthem' en la parada de bus, una aspiradora llamada Harry que está en todas las casas, aceite en spray, un metro que está en obras cada fin de semana, uñas de mujer interminables con dibujos dignos de un trabajo de chinos (hechos por los chinos de las tiendas de 'nail art'), un ratón en cada casa, ventanas sin persianas, acentos para regalar en la tómbola, chicharrones como aperitivo en los pubs, y 'reality shows' para todos los gustos [desde un programa que “ayuda” (a humillar) a gente que no puede pagar sus hipotecas embargándoles todos sus bienes en directo; a niños británicos malcriados y problemáticos que son enviados a pasar un tiempo con los padres más estrictos del mundo; sin olvidar los populares intercambios de casa, de mujer o de dieta –una gorda por una anoréxica–]. Y por si no teníamos poco, he detectado una incompresible tendencia a la adulación de los y las gordas. Gente, que en unos años la grasa será sana. ¡Las 'fatties' estarán de moda! Y hablando de modas, si quieres montar un local, ponle una mesa de ping pong y un 'photobooth', y éxito asegurado. Hazme caso. Pero no hagas caso de todo lo que te digan. Londres es muy grande y unas cuantas personas siempre son muchas. Y si te encuentras atrapado en una multitud, tienes una posibilidad de cada tres de pillar la gripeA (eso alerta un cartel enorme en el University College Hospital, justo al lado de la palabra 'INFECTION' en Times New Roman, tamaño cuatro mil, color rojo peligro). Cada dos minutos alguien se infecta. Así que lo mejor y más efectivo es comprar Kleenex, que ahora resulta que los pañuelos de papel no son pañuelos de papel sino anti-virales, o eso dice el anuncio (“Catch it. Bin it. Kill it.”). Pero tranquilo, si tienes la mala suerte de venir a Londres y no pillar la 'swine flu',  siempre puedes ir a Camden Town y comprarte el peluche del virus de recuerdo. Y recuerda, la próxima vez que vengas tráeme unas lonchas de jamón serrano. Y aceitunas rellenas de las de verdad, La Española, que aquí sólo he encontrado un sucedáneo en el Budgens y no saben igual. 

no entiendo nada

Hay gente que se siente orgullosa de lucir una camiseta con cuatro mil logos y cero personalidad.

Hay gente que está contenta porque lleva joyas valoradas en seis mil fantasías de euro.

Hay gente que cuando está triste entra en una tienda como terapia.

Hay personas que comprarían cualquier cosa inútil con tal que esta cosa lleve un cartel de descuento u oferta.

Hay parejas que todo lo que pueden compartir es una tarde de compras (y la tarjeta de crédito).

Hay hombres que se esclavizan a pagar un crédito para poder conducir un coche mejor durante las horas libres que no tienen.

Hay padres que (creen que) educan a sus niños comprándolos.

¿Qué coño nos pasa, estamos locos?

 

oro parece, plata no es

Said. Veinticuatro años. Musulmán. Uno ochenta y uno. Setenta y tres quilos. Pelo azahar. Ojos marrones. Cuerpo atlético. [Hasta aquí esto podría ser un clasificado de chico busca chica, pero no te dejes confundir.]


Said vivió casi toda su vida en un pueblecito cerca de Rabat con su familia. Su padre vendía alfombras a los turistas mientras su madre cuidaba la casa. Lo que mejor recuerda de aquellos años es la plaza del mercado llena a rebosar de sudor y dinero, el cuscús de su madre y el intenso olor a especies omnipresente. Sus padres murieron asesinados cuando él tenía diecisiete años. Nunca quiso investigar qué pasó exactamente, pero dicen que había drogas de por medio. Poco después, decidió irse a España, solo, en busca de una vida mejor. [Vale, como muchos otros. Pero espera, hay más.] Said por aquél entonces cantaba en un grupo de hip hop y creía que ir a Europa lo acercaría un poco más a su sueño de convertirse en estrella. Pensaba que allí sería más fácil. Pero, como se suele decir: los sueños, sueños son -aunque la realidad tampoco le molesta. Ahora Said es propietario de una tienda de música árabe en la calle Joaquín Costa (Raval, Barcelona) y por las noches desahoga su talento en un karaoke de la calle Aribau, donde ya tiene algunos seguidores. Vive solo en un cuchitril a cinco minutos de su negocio. Sabe que nunca va a subirse a un escenario de verdad. Pero cuando piensa en su vida, sencilla, se considera afortunado, y si no fuera por esa sensación de vacío que le invade de vez en cuando, diría que hasta incluso es feliz. [Aunque lo que no sabe es que esa sensación de vacío es lo que hace de él alguien único, de su historia una historia que vale la pena contar.]


Los que lo conocen dicen que Said es un buen muchacho -reservado, pero bonachón. De hecho si existiera un manual de cómo ser un buen ciudadano, él saldría dibujado. Es listo, simpático y trabajador. Siempre intenta ayudar a quien se cruza en su camino. Nadie nunca lo ha visto enfadado. Nadie nunca lo ha visto ni siquiera triste. Cada día recicla meticulosamente la basura. No cruza el semáforo si no está en verde. Sus duchas no duran más de diez minutos. Siguiendo sus creencias, reza concienzudamente cinco veces al día. Come sus cinco raciones de frutas y vegetales diarios. Tiene una bolsa reciclable para ir al súper. Abre la tienda con puntualidad inglesa. En invierno, pone la calefacción a máximo veinte grados y en verano el aire a mínimo veinticinco. Procura no poner la música muy alta para no molestar a los vecinos. Y duerme siete horas al día, después de las cuales abre los ojos sin necesidad de alarma. Al despertar, hace cincuenta flexiones y corre media hora por la playa; haga sol, viento o llueva. Los fines de semana, ayuda en el centro social del barrio. No hace vacaciones, dice que no las necesita. Según las chicas musulmanas del vecindario es el “soltero de oro”, absurdamente perfecto. Ellas lo intentan seducir. Sus familias han probado varias veces sin éxito de “arreglar” el matrimonio –siendo propietario de una tienda y no teniendo familia a quien enviar el dinero que gana, es un buen partido. Pero él no les hace ni caso. No es que no las encuentre atractivas, pero hay algo en su interior que le dice que su destino es estar solo, vacío y solo. Algunas rumorean que es gay; no pueden imaginar otro motivo…

Pero mañana es un día especial. Todos van a saber lo que este chico oculta sin saberlo. Mañana Said cumple años. No tiene pensado hacer nada del otro mundo, a parte de ir al karaoke y una visita rutinaria al médico después del trabajo. O eso cree. En realidad mañana vence su fecha de caducidad. El ángel robótico del Raval será mañana desconectado, después de los diez años reglamentarios –a partir de ahí su “cuerpo” se iría deteriorando y los científicos prefieren curarse en salud. Es el primer prototipo de androide integrado en la sociedad. Un androide capaz de obedecer unas normas morales estándar (mucho mejor que los propios humanos), capaz de sentir sensaciones y de entender emociones, un androide con un impecable módulo de memoria virtual integrado, una réplica perfecta del cuerpo humano (con una amplia gamma de opciones étnicas), programado para vivir en sociedad, aprender de la experiencia (gracias al descubrimiento hace unos años de los llamados “genes móviles o saltarines” de nuestro ADN) y con ello evolucionar, tener sueños o aspiraciones y ser medianamente feliz. Y ya están trabajando en una nueva versión más duradera, capaz también de enamorarse (a través de una sencilla reacción química) y formar una familia. El hombre perfecto está en camino. Pronto lo podrás pedir por la teletienda.


Fotos de Mawashi Geri



*Todo lo que aquí se relata es pura ciencia ficción. Si caminando por la calle te cruzas con este hombre, borra de tu mente todo lo que crees haber leído.

los hombres caídos

Nueve y media de la mañana. El cenicero quedó aplastado. La camarera, enfadada. “¿Quién va a pagar esto ahora?”. El hombre, también enfadado y con un chichón en la cabeza. “Ojalá no hubieras dicho ese gracias”.
Estaba yo tan tranquila tomando un té con leche en una terraza en Junction Road. Un hombre con pinta de no haberse cambiado de ropa durante dos meses se acerca. Me pide dinero. No le contesto, pero mi cabeza se mueve instintivamente hacia los lados como diciendo: “Vete, vete”. El hombre gira ciento ochenta grados y se dirige hacia la mesa de al lado. Una mujer que se acaba de hacer las uñas en la tienda de nail art de la esquina le da unas monedas. Él se va sin decir ni mú, en dirección a la entrada del café. “Gracias”, dice la mujer en tono de reproche. El hombre se gira para contestarle, tropieza con la escalera y se cae encima del cenicero de la entrada, a dos centímetros de mis pies, con enorme estruendo. Castigo divino. “¿Estás bien?”, pregunto. “Mierda. Me duele la cabeza”. Unos chicos le ayudan a levantarse. La camarera sale del café y le grita, disgustada porque ahora tendrá que comprar un nuevo cenicero. El hombre se va refunfuñando y haciendo eses. “Ojalá no hubieras dicho ese gracias”. Culpar el resto de nuestras desgracias siempre es más fácil.
Ésta fue la primera caída que recuerdo. La siguiente fue en el Edimboro Castle, un pub, de Parkway Road. Estaba yo con unos amigos gays y de repente un chico rechoncho cayó al suelo en cámara lenta. Dio un paso hacia delante con el pie derecho. Cruzó su pie izquierdo. Dio dos o tres pasitos más descompasados y cayó, –eso sí– sin verter ni un mililitro de su cerveza, barriga apuntando al suelo y el canalillo de su culo al cielo. Aún estaba aturdida por semejante espectáculo, cuando escuché a mis amigos poniendo precio a su enorme culo...
Después de dos meses en Londres, ya he perdido la cuenta. Las caídas fortuitas se suceden una tras otra. Me persiguen. En el metro de camino al curro, de noche en una warehouse, en el parque… ¿Qué pasa en este país? ¿Tienen los ingleses una tendencia inexplicable a perder el equilibrio? ¿Hay alguna fuerza gravitatoria que les atrae? ¿O quizás será la misma conjunción metereológica imprevisible que les hace vestir con el mejor mal gusto posible? Otra teoría que tengo es que es un efecto secundario de la gripe porcina (de la cual, por cierto, ya venden un peluche en la tienda Cyberdog de Camden Town, por si quieres llevarte la infección de souvenir). Los ingleses son raros. En el supermercado no hay aceitunas rellenas y en el pub te dan chicharrones con la birra. Cada casa tiene siempre un ratón, y ventanas sin persianas para facilitar el trabajo a los voyeurs. Las farmacias revelan fotos en veinticuatro horas, pero las farmacias veinticuatro horas son una especie en extinción. Puedes comprar diez alitas de pollo por tres libras o ir a diez clases de yoga por doce (pero un viaje en metro sin la tarjeta ostra vale cuatro libras). Como pasa en todas las grandes ciudades, Londres es muchos Londres distintos. Pero la mayoría de los ingleses son raros. Y aparentan más años de los que tienen. El cielo este gris que parece que va a aplastar la ciudad de un momento a otro no ayuda. Están confusos, desorientados, de y re-primidos; y por eso se refugian en la bebida y se dejan caer. Se dejan caer por si en una de esas caídas el golpe es tan fuerte que les despierta, y les reubica. Se dejan caer, y esperan que el golpe les haga recuperar el brillo perdido con tanta ciudad pre-cocinada y altiva. Desde el suelo, la perspectiva es distinta.

el ingenioso quiosquero Pancho Sanza

Ocho metros cuadrados de azúcar y un macho ibérico. Ole. Eso es en esencia el Quiosco Sanza, de los Sanza de toda la vida en la madrileña localidad periférica de Alcalá de Henares. Pero ¿qué hace un hombre tan hombre en un sitio tan dulce? La respuesta se esconde detrás de las arrugas que marcan su frente: recordar, eso hace.



Pancho fue el pequeño de una familia de cinco hermanos. Y así se quedó. “Pequeño grandullón”, lo llama con afecto la mujer que fue capaz de traerlo al mundo. Detrás de su pelo-lobo, barriga cervecera comprimida por camiseta de tirantes y mirada de tipo duro, Pancho Sanza intenta disimular un accidente, cuyo único recuerdo que le queda es una cicatriz en el mentón, un caminar asimétrico y un cerebro algo destartalado. Pancho es un buen tipo. Sólo que desde el choque con la moto, cuando tenía 17 años, sufre una especie rara de amnesia que únicamente le permite recordar cosas de su infancia y pequeños detalles a corto plazo, como el cambio que tiene que devolver o el número de globos de agua que le acaban de pedir. No puede recordar el precio de las edulcoradas mercancías que lleva más de una década vendiendo; aunque eso no es un problema porque todo está marcado. No se acuerda tampoco del nombre de los clientes, pero cada vez que alguien entra en la tienda él hace como si lo conociera de toda la vida. Dentro de su diminuto puesto de chuches Pancho se siente más o menos seguro. Lo tiene todo bajo control; es atento, meticuloso y ordenado, y no admite ni un gramo de azar (¡no veas la que le montó a su padre el día que cambió de sitio las bolsas de Ruffles al jamón por las Cheese Xtreme!). Su radio siempre marca la misma emisora: Kiss FM. Los refrescos encima de la mesa siempre están alineados en el mismo orden elegido de forma totalmente arbitraria: Coca-cola, zumos, agua, Red Bull, Fanta, gaseosa. Los chicles de menta, encima de los de fresa. Las nubes, frente a los pica-picas. Los Cheetos, justo al lado de los ganchitos. Los Calippos, dos Magnums más hacia la derecha en el congelador. Y cuando algún cliente amable le hace la pregunta de rigor: “¿Todo bien por aquí?”, Pancho Sanza siempre relata alguna anécdota de su niñez que no viene a cuento. “Bien, señor. Aunque no tanto como cuando tenía siete años y jugábamos con mis hermanos al pilla-pilla y…”. Una sonrisa traviesa deforma su cara cada vez que da vida a uno de sus recuerdos de cuando era chico. Una sonrisa de absoluta felicidad, de excitación, como si lo estuviera viviendo en ese mismo instante, como si frente a él aún pudiera ver a sus hermanos de nueve, diez, once y doce años –el hermano que hubiera tenido ocho nunca fue fecundado, ya que ese año el padre se tomó un respiro de su mujer, con otra, y digamos que Pancho fue un “despiste de reencuentro fogoso después de riña”, que unió otra vez lo que el matrimonio había separado. De la otra mujer (“la pelandusca”, la llaman sus hermanos), sólo se sabe que una vez al año va a la tienda y compra un cono entero de nubes, habla lo mínimo y deja un sobre para su padre (“¿Cómo puedes ser feliz?”, dice la nota en su interior), que éste tira a la basura, año tras año.


En las horas muertas, Pancho resucita en otra vida. Mira a su alrededor de colores fosforito, mira la luz blanca y espasmódica que hay en el techo. Aspira el olor a golosina, a conservantes y a colorantes. Come patatas de bolsa, Doritos. Se sube los pantalones, se pone por dentro la camiseta. Se sienta en su silla de plástico. Se limpia el espacio entre las uñas y la carne de cada dedo. Se saca los zapatos. Y viaja hasta su Jardín de las Delicias particular en versión guardería, lleno de niños saltando y gritando sonrientes y hecho de chucherías. Allí le esperan todos sus amigos de la escuela primaria (solía ser un niño muy sociable), todos sus juguetes (Pinypones y Scalextric incluidos), sus hermanos, su madre (sola) y su perrito Rucio. Juega a la peonza, al escondite, a tocar el culo a las niñas de su clase, a buscar y a esconder tesoros, a espías; juega y ríe, come chuches, deja que su madre lo mime, gana un partido de fútbol, descubre asesinos en serie y a una niña tirándose un pedo, intercambia cromos, se mofa de los adultos y de sus problemas, toca los timbres de un bloque de pisos junto a sus hermanos y corre, corre, no puede parar, y ríe, ríe… hasta que la puerta se abre. Otro cliente. “Una vez tocamos los timbres de un bloque de pisos. Todos de golpe. Escaleras A y B. Ocho plantas. Era en la calle…” Y así todo el día. Juegos. Ventas. Risas. Ventas. Y así todo el tiempo. Juegos. Ventas. Risas. Ventas. Juegos. Ventas. Risas. Sobre. El Sobre, otro año más, aunque la mujer sabe perfectamente que para él es como el primero. Ella entra, compra su cono de nubes azucaradas, deja el sobre encima del mostrador. “Dáselo a tu padre, por favor”. Y se dirige hacia la salida. Pero en esta ocasión, Pancho no se contiene: “Señora,” –la vieja se gira– “la felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria”, le suelta. Ella lo mira de arriba abajo, con ojos de lagarto, y se va, murmurando una frase incomprensible. Pancho sonríe, y vuelve a convertirse en el niño de siete años que solía ser feliz. Y lo consigue.

Fotos de Mawashi Geri


*Todo lo que aquí se relata es pura ciencia ficción. Si caminando por la calle te cruzas con este hombre, borra de tu mente todo lo que crees haber leído.

un gato, un viejo, un fumador, un artista, un crucigrama y música clásica


L’Ametller era años atrás una pequeña bombonería en medio de un laberinto de calles al lado de Santa María del Mar (barrio del Born, Barcelona). Ahora su dueño, Marcel, lo define como una tienda (de delicatessen). Aunque para mí es un local cálido donde sólo se escucha música clásica (los domingos, ópera), mientras te tomas una birra artesanal catalana con nombre de mujer coqueta (Rosita), unas lonchas de jamón serrano y unos tacos de queso manchego del bueno junto a un amigo.
No me acuerdo de la primera vez que pasé por delante. Pero sí de la primera vez que fui con Steph. Era una tarde de verano, casi hora de cenar y, aunque suene cursi, era nuestra primera cita. Habíamos quedado frente el quiosco de la lotería del Passeig del Born. Él no conocía mucho el barrio, así que tenía que tomar las riendas de la decisión. Como no sabía si nuestro encuentro tendría éxito o me moriría de aburrimiento, preferí no comprometerme a una cena de dos horas en un restaurante. Y así fue como terminamos en L’Ametller. No es el típico lugar para una cena romántica. Es íntimo, sí: en su interior tiene cuatro mesas contadas y fuera, en su boceto de terraza, otra mesa solitaria (mi favorita). Pero aunque mi percepción selectiva suele obviar esta información cuando estoy allí, tengo que reconocer que el local no es un ejemplo de higiene. Huele a tabaco, a gato y, en general, a rancio. Es como un museo de estos añejos y polvorientos donde ya nadie entra, donde ya nadie aprovecha la oportunidad de descubrir las impensables historias escondidas en cada rincón.
Los paseantes –normalmente guiris perdidos en busca del Museo Picasso– lo miran curiosos desde fuera; pero después de invertir unos diez segundos de media en intentar comprender el lugar, fruncen el ceño (los más sensibles sonríen) y se van. Pensándolo bien, más que un museo L’Ametller es la antesala de un cementerio. Un pre-camposanto donde cuadros, cartas, periódicos, latas, licores, botellas, papeles, colillas, melodías, lámparas, libros, un gato, Marcel y demás trastos viejos, cinematográficamente iluminados por una luz tenue, han encontrado cobijo mientras esperan su hora.
Marcel, unos sesenta y pico años, complexión delgada y movimientos artríticos, formaba parte de la bohemia artística barcelonesa durante los años sesenta, setenta. Era (es) gay y pintor. Su difunto novio, pastelero, compró aquella bombonería que cambió de cara con la muerte del amante y el paso del tiempo.


En el barrio dicen que Marcel era un pintor reconocido (también dicen que ahora se pasa el día bebiendo, aunque yo siempre que lo veo está fumando y haciendo crucigramas). Las paredes de la tienda están empapeladas con sus cuadros, mayormente paisajes de Cataluña y en concreto de la Barcelona de tiempos pasados. En una esquina de la sala duerme una carta enmarcada. Podría ser una factura de Telefónica sin pagar. Pero es una carta firmada por el mismísimo Rey de España, en agradecimiento a un cuadro de Marcel que un amigo suyo envió a escondidas al monarca, ya que –no podía ser de otra manera– Marcel es republicano. El cuadro en sí era una ofensa a la monarquía, pero el Rey (ya sea por educación o por ignorancia) respondió con un “Gracias” que ha sobrevivido a los años y al polvo, enmarcado frente a una piedra de sal (a la cual, por si no lo sabías, se atribuye la propiedad de ahuyentar los malos espíritus).
A parte de esta historia real seguramente aliñada con el tiempo, esa tarde Marcel también nos explicó cómo era el Borne cuando él era joven y se quejó de cómo ha cambiado. Se quejó de las franquicias multinacionales que están comiéndose el pequeño comercio. Se quejó del Mercat, inutilizado durante años por unas obras interminables. Y vomitó todos sus conocimientos infinitos sobre el barrio, mientras daba caladas a un cigarro que le provocaba intermitentemente una tos de perro bastante desagradable y más aguda a medida que pasaban los minutos. En ese momento me di cuenta de que ese hombre estaba solo. No tenía ansiedad; a esas alturas había más que asumido la soledad. Pero cada poro de su piel desprendía una especie de sosiego algo triste y perturbador. Esa especie de calma que transmiten los objetos inertes que una vez fueron animados. Marcel necesitaba alguien que pensara en él de vez en cuando. Por lo que me propuse pasar un ratito cada semana a charlar con él. Sentía una afinidad especial por ese viejito con cara de gruñón y fondo de mazapán.
Esa noche Marcel cerró el chiringuito a las once y nos llevó, a nosotros y a una pareja de americanos (de los que hicimos las veces de traductores, ya que Marcel, obviamente, no habla inglés), a otro local. Allí bebimos unas cuantas cervezas y jugamos una partida a los dardos, mientras los americanos nos explicaban su vida, Steph y yo intercambiábamos miradas de complicidad y Marcel bebía su cubata en la barra. Esa noche terminé en la cama con Steph. No explicaré los detalles pero valió la pena. De eso hace ya más de seis meses. Lo mío con Steph terminó hace mucho ya. Y no he vuelto a visitar a Marcel. Pero si él nunca lee esto me gustaría disculparme por haber sido tan sincera y confesarle que siempre que veo un gato, un viejo, un fumador, un artista, un crucigrama o escucho música clásica pienso (y pensaré) en él.

fotos de Mawashi Geri

algunos de los relatos







la invitación

y así fue...








fotos de Neus Argudo (gràcies!)

vaciar papelera / "paper trash"





Veinte cabezas del mundo del periodismo, las artes y la publicidad han escrito veinte relatos a partir de una selección de cincuenta palabras, las más bonitas del universo diccionaril.

El resultado: VACIAR PAPELERA: un libro, un juego y, sobre todo, una invitación a escribir, a sacar lo que todos tenemos dentro.

YES, A BOOK.
TWENTY SHORT STORIES WRITTEN USING THE SAME FIFTY WORDS BY TWENTY JOURNALISTS, COPYWRITERS AND ARTISTS FROM BARCELONA.

Relatos de / SHORT STORIES BY:
Alex Ademà / Pablo Alaejos /Toño Angulo Daneri /Agnès Aran /Carlitos y Patricia Luján / Fidel del Castillo / Marta Domínguez / Timoteo Guillem / Marga Hidalgo / Felipe Ibáñez / Mar Ibáñez / Isabel Martínez / Isahac Oliver / José Mª Roca De Vinyals / Guille Ramírez / Dimas Rodríguez / Turi Tolleson / Mª Josefa Tudela / Sergi Zapater

Ilustración de / ILLUSTRATION BY: Giorgia Roversi y Steph Thirion.

Un proyecto de / A PROJECT BY: Marta Puigdemasa.

Puntos de venta en Barcelona: Duduá c/ Rossic, 6 y Miscelänea c/ Guàrdia, 10