Capitalismo, en una columna de La Codorniz

A continuación, un texto publicado el 1 de diciembre de 1968 en la revista La Codorniz ("decana de la prensa humorística" de la época) y firmada por un tal P.G.:

"CAPITALISMO
- Cuando uno se empeña en marchar a vivir a la capital, en el fondo tiende al capitalismo.
- Y cuando los domingos, en las grandes ciudades, toda la gente sale de excursión al campo, es como si se produjera una fuga de capitales.
- Siempre me he preguntado si cuando Marx escribió "El capital" pretendería ganar un capital con su obra.
- Hasta el más acérrimo enemigo del capitalismo reconsidera, con fría objetividad, sus posturas ideológicas en el momento de acertar un pleno difícil en las quinielas.
- Lo único molesto del capital es que el capital lo tengan los demás.
- Hay muchos pueblos subdesarrollados. Pero estos pueblos pueden ir por el mundo con la cara bien alta, porque tienen millonarios (aunque escasos) tan desarrollados como el que más.
- Un buen ejercicio para un buen capitalista es, desde tierna edad, acostumbrarse al sonido de los ladridos.
- Hay tres aristocracias: la de la sangre, la del talento y la del dinero. Consiguiendo sólo la última, a uno lo respetan y veneran como si tuviese también las demás.
- Los capitalistas mueren como moscas por culpa del infarto de miocardio. (Esta es una falsa especie que hacen correr los capitalistas a través de los grandes órganos de comunicación de masas para evitar que la envidia popular alcance límites de ruptura).
- Lo único que de verdad nos da rabia a los miembros de las sociedades capitalistas, es que los capitalistas sean los demás."


quoting an essay from Adbusters UK


The best way to understand the world is to see it not as a metaphorical prison, but a literal one.


The prison is now as large as the planet, and its allotted zones can vary and can be termed worksite, refugee camp, shopping mall, periphery, ghetto, office block, favela, suburb. What is essential is that those incarcerated in these zones are fellow prisoners.

The authorities do their systematic best to keep fellow prisoners misinformed about what is happening in the world. The aim is not to activate them, but to keep them in a state of passive uncertainty, to remind them remorselessly that there is nothing in life but risk, and that the Earth is an unsafe place.

This is done with carefully selected information, with misinformation, commentaries, rumors, fictions. The prison population is tricked into believing that the prioriy for each one of them is to make arrangements for their own personal protection and to acquire somehow their own particular exemption from the common fate. Mankind is presented as a coward; only winners are brave.

by John Berger

Capital has succeeded in converting people into "living" fixed capital, into organic dead labor.

The dogmas defining criminality and the logics of imprisonment have changed. It's here that the thinking of Zygmunt Bauman is illuminating. He points out that the corporate market forces now running the world are exterritorial, that's to say "free from territorial constraints". They are perpetually remote, anonymous and thus never have to take account of the territorial, physical consequences of their actions. He quotes Hans Tietmeyer, former President of the German Federal Bank: "Today's stake is to create conditions favorable to the confidence of investors." The single supreme priority.

by Andy Merrifield

Speculative financial transactions add up, each day, to $1.3 trillion, 50 times more than the sum of all the commercial exchanges.

Submissive goverments, bothe of the left and right, eagerly obery the dictates of their financial masters. Their police and security forces and spy agencies are the herders who keep the prison population in line.

cuentos olvidados 4: Tenedor

En mi otra vida era tenedor, tenedor de comedor de escuela de primaria. La experiencia fue divertida unas veces y desagradable las otras. Me vomitaron encima, me utilizaron para sacar mocos de narices pegajosas, también hice las veces de catapulta para tirar migajas de pan al de enfrente y serví de herramienta punzante para provocar eternas pataletas. Pero, sin duda, el niño que me marcó más en mi vida anterior fue Teo. Teo tenía 4 años y era monísimo. Ojos azules y grandes como un muñeco de cómic japonés, culo inflado por el pañal (ya que prefería mearse encima antes de que los profes le miraran la pilila) y cabellos de pan de ángel. Sus manos eran finas y delicadas como la lechuga o el salmón ahumado. Me encantaba estar abrigadito por sus dedos. Era un niño curioso y callado pero lo que más me sorprendía es que comía por colores. No comía ni marrón ni rojo. Y el resto de colores tampoco le entusiasmaban, prefería el blanco. Nunca había probado el chocolate ni los macarrones con tomate; y los colores chillones de los caramelos le provocaban náuseas (media infancia perdida). Los encargados del comedor escolar, por aburrimiento, le permitían la marranería alimentándolo de arroz blanco y pera pelada, aunque siempre era yo el que tenía que apartar los trocitos verdes que quedaban. El rojo le provocaba picores, el marrón le recordaba a su caca, el amarillo le ponía nervioso, el negro le asustaba y el verde decía que era comida de vacas. No sé qué fue de él porque al año siguiente cambió de escuela y yo decidí cambiar de vida en la central de reciclaje de metales y venirme este bar… No sé si su gusto por los colores ha variado. ¡Quizás ahora sea pintor! La verdad es que me lo imagino estirado en una cama blanca en pijama blanco entre blancas paredes. En su mano tiene un libro de portada blanca, sin título. Lo abre y, contrariamente a la lógica de esta historia, las páginas no están en blanco. Lo abre; y empieza a leer un cuento sobre un niño sibarita que come según la tonalidad cromática.

cuentos olvidados 3: Cuchillo

Si estás solo mejor tener un teléfono cerca. Si tienes alguien a tu lado agárrale bien fuerte de la mano y rescata del armario esa manta llena de polvo para taparte los ojos cuando no puedas leer más. Porque voy a explicarte la historia de miedo más espeluznante que tu mente pueda sospechar. No es una historia de hombres lobo hambrientos de hamburguesas humanas, ni de vampiros sedientos de vida eterna color ketchup, ni de asquerosos zombies de papel de váter. Esta es la terrible historia de un cuchillo que tenía miedo a la sangre. Sólo podía cortar hortalizas, frutas y demás alimentos que no sangraran. Se mareaba sólo imaginarlo, no lo podía soportar. Las niñas de su colegio le llamaban “maricuchilla” y para sus padres era la deshonra de la familia. ¿Dónde se había visto un cuchillo sólo para vegetarianos? ¡Que vergüenza! Tal era su frustración, que decidió suicidarse, por el honor de su familia. Había varias opciones: una dejarse caer en las hélices cortantes del lavavajillas, otra encerrarse en el microondas encendido hasta reventar, pero al final pensó que lo más fácil sería tomarse unos cuantos chutes de Mistol; así se ahorraría ver sangre antes soltar el último suspiro. Tomada la decisión, se fue hacía Mistol y le pidió si, por favor, podría pasarle un poco de ese denso tóxico de color verde. Mistol accedió, pero cuando iba a subministrarle el veneno mortal, tropezó y sin querer, empujó Cuchillo hacia el borde del estante. Cuchillo perdió el equilibrio. No cayó de muy arriba. No se partió por el golpe. Cuchillo murió de pánico, con los ojos abiertos y gritando, clavado –a modo de monumento funerario- en una tumba-bistec de ternera y rodeado de sangre.

cuentos olvidados 2: Plato

Gabriela me limpiaba con ternura, me masajeaba con la espuma. Como se comía las uñas, nunca me arañaba. Además tenía un sentido del tacto especialmente desarrollado. Podría haber sido quiropráctica o modista. Pero era ciega; peruana y ciega. Las yemas de sus dedos eran la extensión de sus ojos, graduación de su mirada. Las deslizaba por todo mi cuerpo y a mi me daba escalofríos, hubiera gemido de placer si no fuera porque no tengo boca. No era tonta; pero muy lista tampoco. Y como no veía nada, su torpeza se multiplicaba. Recién llegada, en búsqueda de un paraíso inexistente, de ese país cuya capital memoricé gracias al Calippo-Lima que siempre pedía el hijo de mi ex(propietario), Gabriela no paraba de quejarse. Cuando estaba sola, remugaba en voz alta, como si supiera que yo y el resto de platos podíamos escucharla. Decía que aquí todo le resultaba extraño y que había algo en el jabón, en el sonido de las gotas repicar en el mármol o en la temperatura del agua, algo, que la hacía sentir incómoda. Se pasó semanas así, huraña, sin pedir explicaciones a nadie, hasta que un día, mientras intentaba eliminar unos restos de espaguetis de mi cerámica de imitación made in China, se le hizo la luz. “Ya está. ¿Cómo no me di cuenta antes? Malditos, esto se pasa de la raya. ¿Por qué todo está al revés? ¡El agua del desagüe gira hacia el otro lado!” Suspiró con firmeza y se autodespidió. ¿Cómo sabía Gabriela cuál era el otro lado? ¿Era su discapacidad o la incultura, quién no dejaba ver a la mejor lavaplantos del hemisferio norte que todo depende del punto de vista?